Puedo sentir la sangre dentro de mi boca, la puedo ver cuando escupo, y me sabe a hierro y recuerdos.
Puedo ver las alas ahora marchitas y sin color cuando vomito, rodeadas de líquido negro como petróleo que salió de mi vientre.
Volteo a ver mis manos y no las reconozco, con tonos de morado, verde y rojo en los nudillos. Violentas, independientes de mi ser, buscan lastimar.
Mis pies, ajenos, caminan con dirección a la calle que fue destino y base de nuestro amor. Sin ser posible, caminan en el tiempo hasta llegar a la sala donde fructificó un árbol nunca antes visto.
Ahí, sin pensarlo, abren la puerta, y con un solo objetivo, quiero hacer sufrirlas de la forma que lo estoy haciendo ahorita.
Sin pensarlo, agarro a la que fui, a la que se le estaba abriendo el corazón empolvado, a la que por primera vez creía que no saldría lastimada.
El primer golpe fue directo a la nariz, no pudo ni meter las manos. Así no podrá oler todas las flores que le mandaste y menos las que le hicieron falta.
No termino hasta dejársela fracturada y dejándola en el piso. Ahí la pateo hasta que escupe sangre, para que se familiarice con el sabor y saque todas las mariposas que están a punto de hacer metamorfosis.
Y las que no salen, meto mi mano por el esófago y, quemada por el ácido, arranco hasta el último capullo.
Las mismas manos salen de sus entrañas y le arrancan los ojos, esos que dejaron de ser suyos y se convirtieron tuyos.
Así no podrá ver lo que me convertí, lo que hicimos y cómo terminó.
Así no podrá leer nada que te tenga de autora, o ver esa figura y esos gestos que la perseguirán en las madrugadas donde no pueda dejar de imaginárselos y querer gritar por ya no poder verlos sin tener voz.
Aún no termino. Todavía no es suficiente.
Agarro la botella de vino blanco vacía en la mesa, la que nos acabamos entre risas y sueños compartidos, y la parto en dos.
Con su filo la agarro del pelo y le arranco las orejas y la lengua, para que no pueda oír todas las canciones que fueron suyas, que ahora hacen que mis oídos sangren.
Para que no pueda hablar, para que no pueda discutir o pelear, para que sus palabras e intenciones no sean malinterpretadas y su amor quede en segundo plano por todo lo que salió de su boca.
A pesar de todo esto, todavía respira, todavía está viva, y la veo retorciéndose en el suelo buscando tu calor.
Es ahí donde tomo una decisión que, aún cegada por el enojo, por la ira, me rompe lo que me queda de mi corazón, y decido sacarla de su miseria.
Y con la pistola que nos dieron ese día, la que se podía llegar a usar en casos como estos, la que creí que nunca usaría contigo…
y sin dudarlo, sin que me tiemblen las manos sangrientas, disparo directo a su corazón.
Las dos vemos cómo sus pulmones se desinflan y lucha por tomar el siguiente aliento.
Vemos cómo su corazón expulsa rojo vivo, el que estaba cambiando de color por primera vez en mucho tiempo.
Nos quedamos así lo que parecen días, meses y años.
Cuando la volteo a ver por última vez, por fin se parece a lo que yo hoy veo en el espejo.
Y sin decir nada, te volteo a ver.
No peleaste, lloraste, defendiste o hablaste.
Y no te lo pedí.
Te dejo viva y me retiro con los mismos pies que me llevaron por primera vez a ese restaurante donde empezaría esta historia.
Me voy como se va el viento, ese que te pone los pelos de punta y que sientes pasar detrás de tu cuello.
Y tendrás que vivir con eso, como yo tengo que vivir con esto.
Deja un comentario